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sábado, 27 de noviembre de 2010

ELLA, DRÁCULA (1/1) Varannó

Saludos a todo el mundo. Espero que como nueva participante de este blog me acepteis y os guste lo que escribo. Ahora quiero empezar con una sección de lectura. Os iré mostrando lo capítulos de Ella, Drácula que muestra la vida de Erzsébet Báthory. Espero qe disfruteis de esta historia tanto como yo. Todos conocemos a la asesina que lleva dentro. La conocemos, hemos oido hablar de ella pero no sabemos su vida completa. Y atraves de este espacio quiero daros a conocer ha este maravillosisimo realto que narra su vida y sus crimenes.





Anochece en los Cárpatos.
Está a punto de salir la luna, y su luz se insinúa ya entre negros jirones de cielo que avanzan hacia el este como ejércitos en desbandada, vencidos. En la buhardilla situada bajo la bóveda de una iglesia, en la aldea de Lupkta-Ratowickze, un hombre tose y luego tirita bajo su jubón y la gorra de fieltro que lleva calada hasta las cejas. En el fondo sabe que no es la fiebre sino el miedo. Varios gavilanes rotan en torno a las almenas de una fortaleza próxima mientras, ahora sí, en el horizonte se perfila la silueta de una gigantesca oblea de color perla.
Se acerca a la ventana. Traza una cruz en el cristal con su dedo índice, enhiesto y tembloroso. La superficie del vidrio, empañada por la humedad, emite el chirrido del ratón cuando se sabe acorralado. El rostro del hombre se aproxima un poco más para mirar, pues las últimas luces del atardecer aún le permiten distinguir el paisaje hasta el horizonte. Aquejado de gota y de pleuresía, no le hacen falta médicos ni curanderos que le confirmen que le resta poco de vida. Sus ojos, hundidos en el cráneo por la edad y las dolencias que le corroen, vuelven a quedar estáticos en esa pequeña cruz que ha dibujado con el dedo. La cruz le da fuerzas para afrontar la emoción y la inquietud que le embargan. Tiene un duro trabajo por delante. Debe hacerlo y dejar testimonio de aquello que vio, de aquello que sabe y que hasta ahora luchó con denuedo por apartar de su mente. En vano.
Afuera los abetos son como agujas recortadas sobre las blancas colinas de las estribaciones de los montes. Parecen aguardar algo, al igual que los altos abedules. Y no. Han estado ahí desde siempre. Él, envejecido y débil, camina por la angosta estancia, encorvado entre anaqueles poblados de libros. Se ha puesto sobre los hombros una gruesa manta de lana hecha con piel de oveja. Ni el lar de fuego, cuyos troncos crepitan de vez en cuando como si se quejasen o buscaran cambiar de posición entre las brasas, ni siquiera la gruesa prenda de abrigo consiguen librarle de un frío que viene de muy adentro. Esa helada arborescente crece y crece en sus huesos, en su carne, en su cerebro, conforme va dejando que lo posean las imágenes que proyecta su memoria dolorida. Pasó toda su infancia y parte de la juventud bajo los efectos de aquello de lo que fue involuntario testigo. Entonces no oía, no veía, no hablaba, apenas pensaba, pero ya entonces, inevitablemente, no podía dejar de recordar. Como ahora. En el exterior sigue nevando.
Nieva de modo incesante, como si, resquebrajándose los cimientos del cielo, éste descargase sobre la tierra un diluvio de muerte lenta, indolora y blanca. Es un alud que, aunque no lo empapa, va ahogando el paisaje por momentos. Hacia oriente, sobre los Balcanes, está descargando una fuerte tempestad, pues se ven fugaces rasguños de plata que por un breve instante, lo que dura un parpadeo, penden anárquicamente del firmamento. En los bosques cercanos se confunden los aullidos de los lobos con el bramido del viento. Coronando sus cimas las nubes, negruzcas y abigarradas, avanzan en dirección al oeste como un rebaño de gigantescas ovejas grisáceas o, si se filtra algo de claridad entre ellas, aquello que le pareció ver antes: un desfile de guerreros con armaduras de acero, ya oscurecidas por el uso tras haber dejado a su paso una estela de destrucción.
En el Año de Gracia del Señor de mil seiscientos sesenta y tres desde el Advenimiento de Jesucristo Redentor entre nosotros, en la última semana del mes de febrero, él, János Frantizek Pirgist, hijo de Imre Pirgist, herrero de Tirgovista, en Valaquia, y de Vargha Balintné, lavandera de Bighisoara, en Transilvania, de humilde condición ambos pero devotos de la Fe hasta sus postreros días, se apoltrona en el escritorio y moja con cuidado la punta de su plumón de ánsar en el tintero de cobre y, luego de observar de nuevo la pequeña cruz del cristal, que está ya casi borrada, entorna los párpados unos instantes y suspira. Se encomienda al Buen Dios para que le dé lucidez y arrojo en su tarea, tantas veces iniciada y finalmente pospuesta, por difícil que ésta sea.
Poco tiene que contar en su historia de ese padre al que no conoció, pues fue reclutado por los ejércitos del rey Matías II de Habsburgo en sus luchas contra los turcos, más allá de las fronteras de Moldavia, y del que sabe que murió en una refriega con huestes otomanas a orillas del Dniéster, habiendo recibido, no obstante, pluga al cielo esa misericordia, la Extremaunción Sagrada en sus momentos finales, pues sabidos eran los sacrílegos y abominables desmanes que sufrían los prisioneros de guerra si eran capturados vivos por los feroces jenízaros. Casó con su madre, Vargha Balintné, siendo una adolescente, pero ésta quedó embarazada de János, que desde entonces, como una sombra, la seguiría allá donde fuese. Por un vago parentesco familiar su madre conocía a Katalyn Benieczy, a quien todos llamaban Kata, que a su vez había sido contratada para entrar como lavandera en la muy noble casa de los Nádasdy Báthory, orgullo de la nobleza húngara. Una tal Jó Ilona, de funesto recuerdo, fue quien apalabró con Kata, la lavandera, formar parte del servicio de tan ilustres señores, que poseían tierras, palacios y castillos no sólo en Hungría, sino hasta en la lejana Silesia, en Presburgo y la propia Viena.
Allí, siendo todavía un niño de corta edad, en el castillo de Varannó, János pudo ver por vez primera a quien iba a cambiar el curso de su vida. Surgió como una aparición tiñendo de color cárdeno un paisaje que hasta ese preciso momento aún era hermoso, pues el espliego se expandía por doquier, y también las fárfaras amarillas que alegraban un tanto el gredal cercano.
La vio a Ella, y eso transformó de inmediato su pensamiento. Fue allende los muros de Varannó y sus fosas atestadas de lodo. Poco antes había visto cómo unas salamanquesas trepaban por el escarpado glacis del castillo yendo a esconderse entre las rendijas de las poternas. Como si también ellas huyesen en busca de refugio en el abrojo que cubría parte del hornabeque y la barbacana de acceso al castillo. Él regresaba con un haz de leña, pues esa tarea le habían encomendado realizar junto a otros muchachos, todos varones, cuando entre la niebla que cubría la campiña apareció una egregia silueta. Era la Condesa Nádasdy, porque entonces aún nadie la llamaba por su apellido, el de la fiera casta de los Báthory, ya que su marido, el conde Ferenc Nádasdy, como otros tantos caballeros de armas, seguía vivo y en continua lid contra los infieles llegados de Anatolia que amenazaban con extenderse como una epidemia por las entrañas de la Cristiandad.
Al verla se le cayó la leña al suelo, lo que le produjo un gran azoramiento, aunque nadie se dio cuenta. Fue como una súbita ensoñación, o, para ser más precisos, como un mal sueño del que, medio siglo después, todavía no se había recuperado.
Ahora, sobre las hojas desplegadas de su pergamino, intenta recordar. Arrastra la memoria situándose en el lugar exacto en que entonces se hallaba, a escasa distancia del palenque que hacía las veces de empalizada rodeando al castillo.
Ella vestía una capa negra y larga, pero por debajo salían las enaguas de un vestido de lino blanco. Llevaba un sombrero también negro, con una pluma blanca, perteneciente a una gran ave, que hacía juego con su vestido apenas visible. A lomos de su caballo, al que se conocía como Visar, ella, la Condesa, montaba imperturbable, agitando de tanto en tanto una vara que movía como si de un plectro se tratase. Aquel caballo parecía un gigantesco rocín de esplendorosas crines. Piafaba de tanto en tanto, agotado tras el trote, removiendo a su paso la tierra de los eriales inmensos, salpicados aquí y allá de lentiscos, trinitarias y retama. Lejos quedaba el territorio de las frambuesas y los tulipanes silvestres, de los enebros y el laurel, y ahora de su penacho humeante salían vaharadas de sudor. Tras la dama iba otra, asimismo a lomos de un corcel. Rútila la testa bajo un casco cónico de piel de zorro, golpeaba a uno de los haiducos que, provistos de anchas espadas, hacían de escolta de la comitiva. Ella, la Condesa, observaba la escena con una sonrisa ausente. Nimbada de seriedad, tenía un rictus acechante esculpido en la tez. Le divertía esa escena. Conforme se aproximaba, el haz luminoso que parecía envolverla iba irisándose de púas que, aun invisibles, cortaban el aliento. Y János sigue recordando.
Se ve a sí mismo, las manos en su faltriquera y queriendo ser invisible, como eso que rodeaba a la dama del caballo negro que acabó de emitir un relincho. Se ve desviando la mirada en dirección a la berma del castillo, tan lejano como la tálea y la puerta de entrada. Imposible llegar hasta allí a la carrera sin llamar la atención. De modo que se quedó quieto como una estatua. Y recuerda.
Los milanos y el viento.
Apenas poco más se escuchaba en la llanura.
La paz verdigualda de la tarde, mecida por el siseo de las espigas al rozarse, sólo era rota por el vuelo negro y silencioso, efectuado en círculos concéntricos y cada vez más cortos, sobre unos trigales cercanos con zonas aún en barbecho. Poco antes una bandada de estorninos había cruzado sobre sus cabezas trazando filigranas sin sentido, quizá también ellos huyendo de sus negros hermanos.
Era el de los milanos un vuelo que presagiaba una noche oscura y tiznada de rumores, una de esas noches en que hasta la luna se esconde tras las esquivas nubes. Etérea danza la suya, ora rasante, ora dibujando caprichosos arabescos que parecían acuchillar la quietud del páramo.
Ahí, suspendidas entre hilachos de niebla y tibios rayos de la menguante claridad del crepúsculo, permanecían las aladas criaturas, con toda certeza muy abiertas las pupilas, prestas las garras, a las que posiblemente atrajese el destello dorado de varias lombrices que, en su ceguera terrosa, buscaban alimento entre el barro y restos de estiércol.
Ni siquiera el fino instinto de éstas, acostumbradas a hallar cualquier vestigio orgánico en lo mineral, era suficiente para advertirles que les quedaban escasos segundos de vida. En efecto, casi con la rapidez de un suspiro caía la muerte en picado sobre ellas, en medio de un revuelo de alas negras y graznidos de triunfo. Todo eso sucedía en la espesa y a la vez frágil serenidad del campo solitario, como si alguien tensara el aire con un arco.
Ella, sin moverse de su caballo, hacía lo propio con la sutil diligencia de la serpiente que repta entre la hierba cuando ha detectado a su presa. Blancas, esbeltas manos palpaban ya el carcaj, que descansaba en un costado de la capa, extrayendo de su interior una saeta con la punta envenenada. Estridulaban los insectos su monótona melodía de afirmación vespertina, ese cántico aturdido de irracional gloria que define su efímera pero intensa, gozosa existencia.
Vivir poco pero vivir el instante, que para ellos tendrá visos de eternidad. Vivir o morir. Vivir para morir. Morir para que otros vivan y, a su vez, mueran otros. Hacer morir. Ser muerte. Matar. La vida.
Era el tiempo en que los mízcalos nacen al pie de los pinares y el añublo devora las espigas de trigo, cuando la vida nace y, simultáneamente, la vida muere.
En el castillo de Varannó no había niñas, eso decían entre comentarios de tinte soez varios muchachos que también salieron en busca de leña y forraje para los caballos. La decena escasa de chicas de la aldea situada en la falda del castillo fueron llevadas a éste días atrás para entrar a formar parte del servicio de la Condesa. Una suerte, eso decían los chicos cacareando sus alusiones lascivas, introduciendo en sus comentarios nuevos detalles que János apenas entendía. A él, tímido y siempre a la escucha, se le antojaba extraño aquel paisaje humano sin risas femeninas, que era la alegría del mundo. Porque tampoco su joven madre, ni Kata la lavandera, a la que quería como si fuera su tía, y de hecho era la protectora de ambos, reían ya desde hacía mucho. Antaño János las recordaba, aunque de modo muy confuso, cantando y bromeando mientras hacían la colada. Pero ya no.
En dirección al castillo, por un camino de basalto y grava, iba un grupo de soldados con la indumentaria parecida a la de los lansquenetes alemanes luciendo sus flamantes alabardas, sus combados sables y sus arcabuces como jorobas. Pretendían entonar una marcha castrense pero, presumiblemente beodos, no lo lograban. Cerca de ellos unas ancianas desdentadas, con pañuelos anudados a la cabeza y los aperos de labranza en las manos, les gritaban algo riendo y mostrando sus huecas encías. De una charca próxima con aguas cenagosas, que seguía allí desde las recientes lluvias, llegaba el rumor de cínifes, moscardas y tábanos.
A grupas de Visar, un brioso alazán traído de Anatolia, la Condesa se movió veloz como el reptil. Una flecha salió de su arco en busca de cualquiera de aquellos milanos que rondaban por allí. Pasó rozando el plumaje de uno, lo que provocó la algarabía de los haiducos, que aplaudieron siempre serviciales ante el menor gesto o acción de su Señora. Ésta les lanzó una mirada furiosa, ya que había errado en su tiro. Callaron en el acto. Estaba claro que habían salido de caza y volvían sin haber capturado ninguna pieza de importancia. Con los pájaros descargaba su ira quien presidía aquella comitiva.
Se llamaba Erzsébet y era hermosa como la luna en una noche limpia de estío. Sobre todo, además de la pétrea mueca de severidad que poseía su rostro anguloso y proporcionado, llamaba la atención el tono blanco de su piel, palidísima en contraste con el negro de su cabello, que podía vérsele bajo el sombrero. János aún no había visto sus ojos, pues se hallaba a unos metros de ella. Fue entonces cuando sintió marearse de temor y vergüenza: le estaba llamando. ¡A él, que era tan poca cosa! Con un seco movimiento de aquella vara que usaba como si dirigiera una imaginaria orquesta, le indicó que se acercase. János, en un primer momento, miró a ambos lados, convencido de que debía de referirse a cualquier otro de sus compañeros. Pero no, allí sólo estaba él. Con pasos indecisos, y con su manojo de leña recogido de manera lamentable y apresurada, se acercó hasta quedar junto al caballo de la Condesa, que agitó los belfos en presencia de tan menudo ser. Recordó, angustiado, que tanto su madre como Kata le habían conminado varias veces que procurase no cruzarse jamás con ella, bajo ningún concepto. Que se mantuviese apartado. Pero que si por un casual coincidía con la Señora, o si, como ahora terminaba de ocurrir, ella solicitaba su presencia, no olvidase realizar una reverencia. Doblar una rodilla agachando la cabeza, así se lo habían enseñado. También le dijeron que nunca la mirase directamente a los ojos.
-¿Y cómo lo haré si ella me habla? -había preguntado él con la inocencia de sus siete años, quizá menos, quien no obstante su edad sabía que era de buena educación dirigir la mirada a quienes te hablan. No entendía.
-Tú mantente cabizbajo. Clava la vista en el suelo y respóndele únicamente lo justo.
Ahora, por un azar, llegaba el momento de pasar esa difícil prueba.
Se decía que la Condesa hablaba alemán y latín con fluidez, cosa que era cierta. De ello se ocupó su suegra Orsolya Kanisky, esposa de Jorge Nádasdy y mujer piadosa. También aprendió nociones de francés y de italiano, idiomas que estaban muy de moda en los salones y palacios. Pero su lengua era el húngaro antiguo, que János entendía con cierta dificultad.
-Miert nem jössz? -le preguntó ella: «¿Por qué no vienes?», frase a la que acompañaría un gesto significativo de su cabeza. János se acercó un poco más, aún sin mirarla. Estaba tan aturdido que prácticamente ni se enteraba de lo que hacía.
-Kérsz almát? -insistió de nuevo la Señora: «?Quieres una manzana?» Le estaba ofreciendo una manzana roja que acababa de extraer de un pequeño capacho. János asintió, no porque le apeteciese aquel fruto sino por no contrariarla. Se la lanzó y él se limitó a cogerla al vuelo apretándola contra su pecho. Antes había depositado el haz de leña en el suelo. Por suerte no se le cayó de nuevo de manera aparatosa.
-Hány éves vagy? -«¿Qué edad tienes?», volvió a preguntar ella, aunque con voz neutra, por completo carente ya no de afectación, sino de sentimiento.
János lo dijo en un monosílabo, que procuró pronunciar respetuosamente. Acababa de recordar la edad que tenía, hasta tal punto estaba obnubilado. Siete años. En un instante se dio cuenta de que temblaba como una hoja.
-Jó as félelem? -oyó que le preguntaba esa voz llegada de arriba: «¿Tienes miedo?»
János negó con la cabeza, aunque mentía. Se escuchó una risotada de la mujer rubia que la acompañaba, y que poco antes había golpeado al haiduco con inusitada saña. El viento ululaba en la llanura. A duras penas el pequeño János consiguió articular una frase de disculpa:
-Fáradt vagyok... sjnálon, Asszony...
Tan sólo eso: «Estoy cansado, lo siento, Señora», esgrimiría con párvula modestia.
Fue entonces cuando, por inercia, elevó su vista hacia ella, que seguía mirándole imperturbable desde lo alto del caballo. Éste hizo ademán de mover el cuello, golpeando con los cascos delanteros sobre la tierra, pero ella lo contuvo con destreza tirando de las bridas. Pareció susurrarle algo que el animal entendió. La Condesa agachó ligeramente el tronco, ladeándolo un poco al tiempo que estiraba su brazo derecho. Le indicaba mediante ese movimiento que se acercase más. János dio dos pasos al frente. Vio una mano envuelta en mitones de cabritilla. Vio aquellos dedos blancos y huesudos, llenos de sortijas, atrayéndole. Puso su cabeza, dócil, para que la dama colocase allí su mano. Ésta le tocó el pelo, luego deslizó uno de sus dedos por la mejilla de János. Lo hizo con suma delicadeza.
De repente, con cierta brusquedad, se apartó. Dijo algo en dialecto tôt a una de las mujeres que la acompañaban, y que iban a pie portando sendas bolsas. Se oyeron risas cruzadas. Él seguía aferrado a su manzana roja, sin decir palabra. Aun sin saber la causa, tenía tanto miedo que se preguntaba cómo era capaz de dominarlo. A una indicación de la Señora se fue la comitiva en pleno. Una vez estuvieron lejos, el resto de muchachos rodeó a János, mirándole como si fuese un héroe. Los dientes le castañeteaban. Creyó estar a punto de orinarse encima. Sus compañeros miraban con envidia aquella roja y reluciente manzana. Él, que lo último que tenía era hambre, se la dio a uno de ellos. La rompieron en varios trozos, repartiéndosela. A los más pequeños no les tocó parte alguna, como suele ocurrir. Otro preguntó a uno de los muchachos mayores qué era lo que dijo la dama, y que ellos no entendieron. Esa última frase que produjo las risas de sus acompañantes. El muchacho conocía bastante bien el dialecto tôt, y tradujo libremente:
-¡Qué lástima que no sea una chica...!
Eso es lo que dijo la Condesa a las otras mujeres. Qué lástima que no sea una chica. ¿Por qué habría de ser él una chica? ¿Por qué a tan elegante Señora le parecía una pena que no fuese así? No alcanzaba a entenderlo.
Mientras sus compañeros comían con gula su porción de manzana, disputando entre ellos a causa de lo grandes que eran algunos de tales trozos en comparación con otros, János no podía quitarse de la mente lo que, contraviniendo lo que al respecto se le había dicho, vio al elevar la vista hacia el rostro de la Condesa. La frente curva y amplia, las cejas muy perfiladas en ligero arco, los labios finos y pintados de rojo, marfileña la dentadura, que apenas se insinuaba en medio de unos pómulos alabastrinos y el mentón puntiagudo. Parecía el rostro de una de esas vírgenes que su madre a veces le mostró en los retablos o frescos de alguna iglesia. Rostro que denotaba tristeza, soledad, una nostalgia profunda de a saber qué, y a la vez energía, la loca insolencia de quienes tienen poder y lo usan a cada instante. Era sin duda la mujer más hermosa que János nunca viese, sin contar esas vírgenes de los iconos y pinturas, cuya mera contemplación le producía un sentimiento tan dulce que hasta se sentía transportado.
Al mirar en sus ojos, en el fondo oscuro de aquellos ojos que le observaban atentos pero inexpresivos, su cuerpo fue recorrido por un escalofrío.
Vio allí un lago de aguas negras y profundas, que parecían agrandarse conforme encogía sus labios y la barbilla adoptaba una posición curva, como si acabara de imaginar algo que le causaba un secreto pero fugaz placer, seguido de una no menos rápida decepción: sencillamente, él no era una niña.
Había en aquellos ojos un fulgor opalino que hipnotizaba sin remedio pese a su negrura, o precisamente por ello. A János le parecieron el lindero que conducía a una sima situada más allá de la propia mirada Aún no podía entender la aviesa opacidad que entrañaba esa mirada irredenta, de hielo, que revelaba más iniquidad que impudicia, más hieratismo que firmeza, y en la que latía un archipiélago supurante que no dejaba impávido a quien la observaba. De hecho, era como si esos ojos no se correspondiesen con el rostro al que pertenecían, como si simplemente fuesen transportados por éste, pues parecían poseer una vida independiente. Tuvieron que transcurrir varios años hasta que János encontrase palabras para describir lo que supuso mirarlos: como si, introduciendo la cabeza en un estanque de aguas sucias con los ojos cerrados, de pronto, al abrirlos, entre algas y corpúsculos de tierra revuelta decenas de anguilas le estuvieran observando a corta distancia. Un escalofrío líquido en el más absoluto de los silencios.
Luego, arrogante en su altivez inalcanzable, se alejó al trote, seguida por el séquito de haiducos y mujeres, entre quienes destacaba, precisamente por su corta estatura, la deforme figura de un hombre joven, al que en el castillo llamaban Ficzkó, y cuyo verdadero nombre era Ujvari Johanes, medio enano y cojo. Sin contar la joven rubia que la acompañaba, perteneciente a una de las familias mas nobles de Serbia, eso se decía, dos mujeres se hacían notar porque iban caminando bajo sendas capuchas junto al caballo de la Condesa, ligeramente apartadas del corcel de la otra noble. A una la conocía János de haberla visto trajinar de modo incesante por el castillo, siempre regañando y pegando a las sirvientas. Era Jó Ilona, la temible y musculosa mujer de Sárvár, que contrató a Kata y a su madre. La otra, a la que János conocería mejor más tarde, era mayor, pero el que pareciera avejentada no significaba que fuese una anciana. Su andar cansino, así como el hecho de que tuviese que apoyarse en un bastón para caminar, le daba ese aspecto de decrepitud propio de los ancianos enfermos. Se trataba de una tal Dorottya Szentes, pero la llamaban Dorkó. También a ésta, en épocas posteriores, János la vería ensañarse con alguna criada por haber hecho algo mal, o por contrariar a la Condesa. El resto eran haiducos al servicio de Ferenc Nádasdy, y que en ausencia de éste por hallarse en la guerra, atendían a Erzsébet.
¿Por qué, si según parecía las dos nobles acababan de realizar una excursión para cazar, se hacían acompañar a pie por esos tres personajes, el tullido Ficzkó, Jó Ilona y Dorkó? Una escena similar tuvo oportunidad de presenciar János desde las murallas del castillo de Csejthe, residencia habitual de la Condesa. Salía ésta, ya caída la tarde, en dirección a la aldea cercana de Vág-Ujhely. Tras el corcel de Erzsébet, caminando, iban Dorkó, Jó Ilona y Ficzkó dando traspiés. Aquella vez les acompañaban tan sólo dos robustos haiducos.
Aproximadamente tres horas después, quizá cuatro, cuando ya era de noche, regresó la comitiva, sólo que ahora llegaba seguida de un carro en el que iban cuatro muchachas. Sin duda eran campesinas que entraban al servicio de la Señora, y que, eso parecía, ella había querido reclutar personalmente.
Aquella noche todo el mundo parecía muy agitado en Varannó. A János le despertaron gritos lejanos en mitad de su sueño. Creyó que era una pesadilla, y así, sudoroso y con los ojos abiertos de par en par, se lo dijo a su madre. Ésta, que llevaba un rato despierta y atenta, con la que János dormía en un estrecho jergón de paja, le tapó la boca conminándole para que volviera a dormirse. Fue aquella noche, sí, cuando él siguió preguntando al cabo de un rato. Su madre, presa de un gran nerviosismo, le pidió que no dijese nada. Que olvidara cuanto había oído:
-A partir de ahora serás mudo, János, y sordo. Quiero, y escucha bien lo que te digo, quiero que nadie conozca tu voz mientras estemos aquí. ¿Lo has entendido?
Él, obediente, afirmó con la cabeza, intuyendo el temor de su madre, aunque no entendía nada. Por su carácter taciturno y tímido no iba a suponerle ningún esfuerzo aparentar que era de aire. Si querían que callase, lo haría. Si querían que no viese, no vería. Si querían que no oyera nada, pensaría en sus cosas o se taparía los oídos.
Ya aquella noche, en Varannó, János empezó a poner en práctica lo que su madre le rogase encarecidamente. Porque los gritos, lejanos y espaciados, siguieron oyéndose hasta bien entrada la madrugada.
Lo último que recordaba de aquella noche, cuando ya de nuevo el sueño le vencía, fue a su madre rezando en voz queda. Nunca antes la había oído rezar, o al menos no fuera del sagrado recinto de una iglesia. ¿Por qué rezaba su madre, tumbada junto a él en su jergón?
A la mañana siguiente, como sucede con los niños, que olvidan con rapidez aquello que poco antes les impresionase sobremanera, János preguntó nuevamente a su madre por los gritos oídos horas antes. Lo hizo mientras desayunaba su mendrugo de pan duro mojado en leche. No vio que allí también estaba Kata. Ésta intercambió unas breves frases con su madre. Al poco Kata se le acercó, preguntándole si no tenía en mente lo que su madre le había dicho la noche anterior. Luego Kata le cogió con dulzura por las mejillas y, mirándole fijamente a los ojos, volvió a repetirle que nada debía mirar, ni mucho menos decir o preguntar. Que se mantuviese lo más alejado posible de las habitaciones superiores, las de la Condesa, así como de los lavaderos. Aquéllos no eran lugares para un chiquillo, afirmó. Él debía jugar por el patio del castillo y, si hacía frío, quedarse en las cocinas o en la habitación en la que se hallaban en ese momento. János quiso protestar, pero Kata, ante la mirada de aquiescencia de su madre, le tapó la boca con una mano y le dijo, pronunciando lentamente las palabras:
-Gyermek csendes...
«Niño silencioso.» Eso le pedían, eso parecían exigirle en tono de súplica aquellas dos mujeres que tanto le querían. De ellas nada debía temer. Siempre fue un niño respetuoso, y ahora no iba a contrariar a quienes, en un mundo de gentes rudas, le daban protección y afecto. En realidad todo aquello era para él como un excitante juego. Se le demandaba que fuese como una pluma, como un objeto. Sólo se veía incapaz de cumplir una parte de aquel tácito pacto con su madre y Kata: sabía que su innata curiosidad le impediría dejar de estar alerta. Mirar, aunque fuese de lejos. Oír, aunque fuera tras los muros o puertas entornadas. ¿Cómo podría evitar eso? Pero no iba a discutirlo ahora con esas mujeres en cuyas caras se reflejaba la preocupación y hasta la angustia por algo que a él se le antojaba incomprensible.
Las siguientes horas transcurrieron sin sobresaltos. Alguien importante iba a visitar a la Condesa. Quizá su marido, que llegaba del fragor de alguna batalla para tomarse unas jornadas de respiro. Por aquella época a la Señora del castillo pudo verla tan sólo en una ocasión, mientras él jugaba en el patio con otros chiquillos. Estaba asomada a una de las ventanas de su inmensa alcoba. Miraba hacia ninguna parte, hacia la lejanía de los bosques que circundaban Varannó. Estaba más pálida que de costumbre y ni siquiera parecía parpadear, pese a la fuerte brisa que nada más aparecer ella en la balconada se había levantado.
Acorazada en su gorguera, recordaba a una estatua que yaciese olvidada en aquel muro de piedra. El corpiño de lino blanco realzaba su figura, y las mangas anchas, a la húngara, ahora eran mecidas por el viento. Su largo cabello negro, que según decían fue casi rubio pero se lo hacía teñir con agua de ceniza, y de camomila para aclarárselo, así como con azafrán ocre, quedaba recogido en una redecilla engarzada de perlas de Venecia, a modo de rombos, que parecía sujetarle el pensamiento. Apenas se distinguía su falda de terciopelo granate, en la que se anudaba una especie de delantal, característico de las nobles húngaras. Tiesa la barbilla sobre la gola, parecía querer horadar el aire. De tanto en tanto lanzaba una mirada hacia los adarmes del castillo, pero no mostraba interés alguno por la presencia de los centinelas apostados allí. Era una emperatriz expectante en mitad de las almenas.
Esperaba la noche.
Eso llegaría a entenderlo János mucho después. Entonces sólo se sentía impresionado por la imponente silueta de aquella mujer que caminaba como si levitase, y en la que en todos y cada uno de sus movimientos había un poso de feroz orgullo. Incluso cuando había visitas ilustres, ella les otorgaba algo que más parecía afectada resignación e indomable austeridad en el trato que cortesía, lo que hubiese sido normal.
Al poco János la vio salir al galope aquel día, montada en su inseparable Visar. De nuevo iba a los bosques. Nadie sabía cuándo pensaba volver. Nadie osaba preguntárselo.
De Erzsébet se comentaba que sólo temía los espacios cerrados y la oscuridad, de ahí que constantemente estuviese rodeada de candelabros encendidos. También se decía que era más valiente que muchos hombres, y que de joven fue mordida por un lobo al que ella misma había alcanzado con una flecha. Creyéndolo muerto se acercó a él, apoyando una rodilla en el suelo, junto al animal. Pero, así se contaba, en un último estertor, el lobo giró su hocico y le mordió ligeramente en una mano. Sin vacilar, la joven Erzsébet sacó su cuchillo y lo degolló de un tajo al tiempo que lo maldecía. Luego, como si estuviese consternada por lo que acababa de hacer, y sin preocuparse aún por su herida, acercó su rostro al lobo y le dijo:
-Te vagy enyém baty, bocsánát... Voltál hüyle...
«Perdóname, hermano. Fuiste tonto...»
Ésa era la leyenda, según averiguaría János años más tarde, de algo que sucedió en los bosques que rodeaban el castillo de Ecsed, cuando la Señora era aún casi una niña y ya salía a cazar en compañía de sus primos. Nadie creyó mucho en tal anécdota, pero a sovoz se rumoreaba que en esas escapadas solitarias de Erzsébet, ella iba a lamentarse por haber acuchillado a aquel lobo ya indefenso y moribundo. Tampoco nadie comentó nunca nada respecto a su herida. Si le había dejado marcas, las disimulaba bajo sus pulseras. Quizá, de llevarlas, estaban inscritas en su sangre.
Ella era húngara y eso significaba algo. En los antiguos húngaros, también llamados magiares, de los que descendían Erzsébet y los Báthory, ya latía algo que, muy por encima de la simple inclinación a la guerra o su innata proclividad a la maldad, mas tenía que ver con un recóndito y nunca plenamente saciado deseo de venganza. Habría que buscar en los albores del milenio para dar con las claves de ese sentimiento. Los primitivos magiares eran antaño un pueblo de jinetes nómadas, y su origen era ugrofinés, de un lado, y turco de otro. También se les emparentaba con los hunos y los avaros. Fueron continuamente hostigados por los feroces pechenegos, a su vez aliados de los búlgaros, constante terror y quebradero de cabeza de Bizancio, que nunca pudo acabar con ellos. Los magiares serían expulsados de sus asentamientos entre el Volga y el Danubio, junto al mar Negro, pero ello no les impidió hacer devastadoras incursiones por Panonia, Moravia y Bohemia, llegando incluso hasta la Italia septentrional y el sur de Francia. Más tarde se atrevieron a atacar zonas de Sajonia, de Alsacia y de Lotaringia. Fueron una auténtica plaga para todas aquellas tierras que pisaron, provocando indecibles desmanes. No sería hasta el año 900 cuando atacaron con decisión el territorio bávaro. La peor afrenta que sufrieron sucedió en el anno domini de 904. Los bávaros, dando signos de desear una paz duradera, invitaron a una embajada húngara, entre la que iban los guerreros más prominentes de este pueblo, incluido su caudillo Chussal. Primero les ofrecieron un pingüe banquete en el que los emborracharon y luego, se dice, los aniquilaron sin piedad en una espantosa matanza. Algunos años tardaron en reponerse de tamaña felonía. En Occidente tan pronto buscaban su alianza como se enfrentaban a ellos, pero los húngaros, desde la vil emboscada de 904, ya no se fiaban de nadie, procurando cometer rapiñas y saqueos donde les era posible. El obispo Luitprando escribió de ellos que, para difundir cada vez más el miedo, se bebían la sangre de los degollados. Y Regino, abad de Prüm y de Tréveris, los mencionó como los «nuevos hunos», ostentadores de cruentam ferocitatem y de beluino furori, cruel ferocidad y furor de bestias, afirmando después que se trataba de gentes que no vivían a la manera de los hombres, sino como el ganado. El obispo Widukind llegó más lejos, a tenor de testimonios que se le habían descrito, asegurando que devoraban, a modo de remedios medicinales, los corazones de sus prisioneros partidos en pedacitos. De esa estirpe provenía Erzsébet y los fundadores de su familia.
De la Condesa también se comentaba que, hasta hacía unos pocos años, era en extremo puntillosa en cuanto hiciese referencia a la belleza. Prueba de ello lo constituía algo que cuantos hidalgos y cortesanos pasaran por esa ruta se detenían a admirar: el artesonado de los salones de ese castillo de Varannó lucía traviesos cupidos pintados con lapislázuli y polvo de oro. Allí, en las cúpulas silentes, entre telarañas, grietas y goteras, en su carnal y aéreo apelmazamiento, los cupidos aparecían estáticos y boquiabiertos con sus diminutos arcos y sus flamantes liras, con sus rostros rollizos que sugieren inocencia, aunque sus labios destilen voluptuosidad. Anualmente se retocaban con motivo de Pentecostés. Otro tanto sucedía con el gran jardín circundado por un pórtico que había en el interior del castillo, en el que varias mujeres se afanaban sobre los arriates intentando recuperar unos lirios marchitos, y en los que lucían, en una época como ésta, de climatología favorable, sendos manojos de azules vincapervincas y, a un lado, verdinegras aspidistras. Pero ahora, al decir de todos, la Señora se mostraba casi de continuo desabrida, imbuida en una suerte de enigmática ausencia, hosco el ademán, penetrante la mirada, granítico su posible pensamiento.
Fue dos jornadas más tarde de aquella noche en la que tanto se asustase al oír gritos y lloros cuando János, en un pasillo, escuchó que el tullido Ficzkó hablaba con ademán enérgico con un campesino que no hacía más que agachar la cabeza en señal de sometimiento y apretar su gorra contra el pecho. Al parecer era el padre de una de las cuatro muchachas que llevaron al castillo en el carromato. Preguntaba por ella, y Ficzkó le dijo en tono amenazante que la chica estaba bien y que dejase de preocuparse si no quería tener complicaciones. Eso dijo. Complicaciones. Pero como el hombre insistiese, Ficzkó, dando muestras de gran agitación, le explicó que su hija ya no estaba allí. ¿Dónde, pues?, preguntó el estupefacto padre. Ficzkó dijo que seguramente estaría en el castillo de Pistyán, lugar al que al romper el alba había partido junto a las otras tres chicas. La Condesa pensaba ir allí en breve y necesitaría sus servicios. Como el hombre siguiese inquiriendo, Ficzkó le susurró algo al oído y esto pareció tranquilizarlo. Le dio unas monedas, gesto que el campesino agradecería con una sentida y desmadejada reverencia.
János sintió entonces una mano que le cogía por el pescuezo y creyó desmayarse de la impresión. Era Kata, que le sorprendía haciendo algo que él había prometido no realizar. Poniéndole las manos en los hombros volvió a recordarle:
-Gyermek csendes... -Y luego le siseó unas frases al oído.
János se hizo hombre al escuchar aquello. Ya nunca lo olvidaría. A partir de ese momento empezaron a creer que el hijo de la lavandera se había vuelto sordomudo.
Y, no obstante, ya entonces, el niño János se preguntaba: ¿quién, quién podrá saber de mi pena y de mi miedo? Aun ahora, tras haberse hecho hombre ejerciendo durante casi medio siglo el sacerdocio, seguía preguntándoselo.

1 comentario:

Samantha dijo...

No he podido leerlo, porque voy con el tiempo justo, quiero visitar varios blogs antes de ponerme a estudiar, pero me parece un libro muy interesante. Esta mujer es un gran misterio.

Un saludo!